En el silencio suave de la tarde,
donde el sol ya no hiere, sino abraza,
estás tú, amigo, fiel guardián de mis pasos,
reposando tu historia junto a mi alma.
Tus ojos, dos brasas que aún me miran,
no con dolor, sino con gratitud callada;
allí guardan todos los paseos,
los juegos, las noches de luna y calma.
Tu pelaje, arena del tiempo,
me habla de inviernos y veranos,
de lodos, de caminos compartidos,
donde aprendimos a ser hermanos.
No hay adiós en esta despedida,
porque tu latido vive en mi memoria;
en cada rincón de casa, en cada risa,
en cada página de nuestra historia.
Descansa, noble amigo, bajo el cielo;
que la tierra sea leve y el viento te lleve
a correr libre, sin dolor, en praderas nuevas,
mientras yo, aquí, guardo tu huella eterna.

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